viernes, 13 de marzo de 2009

¡Aguas con la víbora, sea grande o chica!


En una de mis múltiples correrías por el cerro de las cruces, me topé con una pequeña viborilla que se asoleaba al calor de las once del día. La ví tan claramente que me bajé de la bicicleta para observarla mejor. Ella se escondió entre unas matas y yo la hice salir ayudado de unas varas. Cuando la tuve a mi alcance la tomé por la cabeza. Medía unos 30 centímetros de largo. La admiré, pues no era la primera vez que atrapaba una culebrilla. Estaba en la contemplación cuando la "culebra" abrió grande la boca y pude entonces darme cuenta de que se trataba nada más y nada menos que de una víbora de cascabel bebé. Al ver sus dientes puntiagudos la solté por el miedo y la sorpresa. La volví a atrapar con unas varas y la transporté a mi casa. Ese día estuve contemplando al mítico animal a través del cristal de una pecera vacía. Ví cómo me amenazaba moviendo su cascabel de un único eslabón. Yo tenía cierto temor de tener un bicho semejante en mi habitación aunque estuviera encerrada, y mis temores no eran infundados. A los dos días, luego de llegar del trabajo, observé la pecera y vi con espanto que estaba vacía; el reptil había escapado. Mi puerta era hermética, así que la temible plaga quizás no hubiera salido de mi alcoba, Por más que la busqué no dí con ella. Así pasé una semana, sabiendo que convivía día y noche con un venenoso animal. Para mi fortuna no me topé con ella sino hasta otro día que volvía de la calle. Ahí estaba, a medio cuarto sobre un tapete. La atrapé con cuidado y la volví a meter en la pecera. Pude respirar aliviado. Otro día, limpiaba su terrario mientras con una vara aprisionaba su cabeza contra el suelo. Mi mano rozó por accidente una pequeña gota de veneno que ella dejaba en el cristal tras sus infructuosos ataques a mi rostro. En cuestión de minutos empecé a sentir confusión mental, y sospeché del veneno. Me lavé la mano muy bien y entonces decidí que debía deshacerme de la alimaña a toda costa. Al domingo siguiente fuí a devolverla al mismo lugar donde la hallé. Ella desapareció un tanto entumida entre la maleza, y yo respiré aliviado por su ausencia. Juré no volver a tomar a tomar a la ligera a ninguna víbora que me topara en mi camino;... bueno, no cumplí mi propósito; me he entregado a una que otra pasión tan venenosas como víbora de cascabel, pero creo que me estoy haciendo inmune a ese veneno.

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