Un huilde burro puede ser la encarnación misma de la necedad y la estupidez, pero nadie ha reparado en la tremenda peligrosidad de estos animales. No digamos ya de su contundente patada que puede llegar a moler a un humano. estos bicharajos poseen unos enormes dientes y una mordida poderosa que bien podría arrancar un miembro humano sin gran problema. Hace ya muchos años organicé una "expedición" (nos gustaba usar esa elegante y épica palabra) al cerro colorado. Ibamos varios compañeros de la secundaria. Luego de llegar a la cima con tremendos esfuerzos, en plena bajada divisamos en medio de la senda a un burro. No parecía ofrecer riesgo alguno, así que seguimos bajando sin mayor preocupación, sudorosos y cansados bajo el sol del mediodía. Veniamos bajando en fila, yo en la segunda posición, cuando de repente, al estar a unos 4 metros del susodicho borrico vimos con gran sorpresa y espanto que el infeliz animal dejó su aparente calma y bajando la cabeza y abriendo bien su hocico dejando ver sus grandes y espantosos dientes, empezó a avanzar hacia nosotros en franco ataque. Todo ocurrió quizás en uno o dos segundos; paralizados de espanto y sorpresa por un momento nos quedamos inmovilizados mientras el tremendo animal seguía su ataque.
En aquella ocasión yo tuve como por arte de magia un soplo de inspiración, pues sin pensarlo tomé una gran piedra pesada y avanzando pude descargar todo su peso sobre la cabeza del burro, el cual ya alzaba las fauces para morder al primero de la fila en un brazo. La roca asestó en la mitad de la frente del burro en medio de un ruido espantoso a una cortísima distancia. Lo que ocurrió después fue algo que ahora es un recuerdo vago, pues los exploradores volamos por los aires dotados de una fuerza y agilidad inaudita pasando incluso sobre plantas espinosas que se dan mucho por ese cerro. Incluso recuerdo en mi huída haber visto un conejo salir despavorido por los exploradores voladores. pocos segundos después pudimos ver que todos nosotros salimos ilesos del inesperado ataque. Todo fue entonces risas nerviosas y asombradas. El tremendo y oportuno piedrazo en la frente del cuadrúpedo nos salvó de serias lesiones, especialmente a Toño, a quien estuvo a punto de morder. Pudimos ver que el burro tenía una cuerda a su cuello y a lo lejos divisamos a su dueño, el cual miraba atentamente la escena.
Fue entonces cuando desquitamos nuestro coraje y dejamos caer una lluvia de proyectiles sobre el borrico, el cual quizás reconociendo nuestra superioridad táctica optó por dejarse bombardear temeroso quizás de un ataque devastador a la cabeza como el que había sufrido.
Durante todo el camino que nos quedaba transcurrimos hablando del incidente entre risas y festejos de la afortunada defensa. Fue entonces cuando sentí un roce en mi pantalón, en una de mis piernas. Sucede que sin saber como ni cuando, salté sobre un maguey de monte clavándome la punta de una de sus hojas y al quebrarse, quedó incrustada en mi pierna rozando a cada paso la tela del pantalón. No tardé en extraerla cuan grande y filosa era.
La moraleja de esta anécdota puede ser "No hay enemigo tonto"... o mas bien "No hay enemigo burro".