Cierta vez una lista y ambiciosa alumna preguntó a su maestro Tlatoani el Fascinado cuál sería la manera de llegar a ser una personalidad rica y poderosa, un jefe, un mandamás.
Tlatoani el Vueltoalarealidad sacudió sus pensamientos, arrugó un poco el entrecejo y rumiando muy bien sus palabras antes de regurgitarlas le pidió a su precoz inquisidora que le siguiera hasta el cercano arroyo.
Allí en la orilla halló un sapo viscoso y lleno de nausebundos granos que exhudaban un liquido lechoso. Tlatoani le dijo a su discípula:
-Anda, métete éste sapo en la boca y no hagas ni un solo gesto.
La chica se negó rotundamente entre protestas y muestras de asco.
Tlatoani entonces le pidió que le contara todos los secretos íntimos de su mejor amiga de la infancia, aquella que ha estado junto a ella por toda la vida.
La chica pensó que a su maestro le faltaba algún tornillo y se negó a soltar un solo secreto de su mejor amiga.
Por último Tlatoani le pidió que fuera a su casa, sustrajese el anillo de bodas que su madre seguramente guardaba celosamente y se lo obsequiase, todo ésto sin que en su casa notaran jamás la ausencia de la reliquia.
Ésto colmó la paciencia de la discípula quien con un gesto de extrañeza se negó rotundamente a obedecerle.
Tlatoani le dijo entonces así a su alumna:
-Oh pequeña mía, en verdad os digo que para ser quien mande debes aprender a meter y sacar inmundicias de tu boca sin hacer un solo gesto, debes ser capaz de traicionar a los tuyos y debes aprender a mentir con naturalidad toda tu vida.
La chica quedó muy pensativa y se alejó luego de dar las gracias a su maestro por la enseñanza.
Tiempo después andaba Tlatoani el Peatón por éstas calles de Dios cuando aquella alumna precoz y ambiciosa, le saludó triunfante desde el volante de un lujoso auto de su propiedad. Su veloz prosperidad económica era más que evidente.
Al alejarse Tlatoani reflexionó la situación y siguió su camino después de sentenciar:
-En verdad os digo que en éste mundo hay quienes ruedan muy alto.
jueves, 23 de junio de 2011
sábado, 18 de diciembre de 2010
La muerte trágica de un limpiaparabrisas callejero
De no hace mucho tiempo para acá, suele vérseles en la calle Independencia por la zona de la vieja estación de ferrocarril. Son los jóvenes limpiaparabrisas que aprovechan las paradas obligatorias de los semáforos para ofrecer su servicio de limpieza a los automovilistas. Proceden de las colonias y barrios cercanos. Sus vestimentas son humildes, sus rasgos . Llegan a su zona de trabajo equipados con trapos, franelas, agua y jabón. Han aprendido a lidiar con el tráfico de un modo admirable y temerario. En las horas pico el tráfico es francamente intimidante pero ellos se las arreglan para ir y venir entre los carros en busca de una propina que a veces nunca llega o les es dada de mala gana ante su a veces impertinente insistencia.
En una ocasión, ante el alto del semáforo situado justo antes de cruzar las vías del tren, un humilde limpiaparabrisas estaba trepado en el frente de una enorme pipa gasera haciendo su cotidiano trabajo. Era un joven regordete y bajito de estatura asido precariamente al incómodo frente del enorme camión. De pronto el semáforo se puso en verde y el pesado camión avanzó; el limpiaparabrisas sintió el movimiento y saltó al suelo como siempre hacía, pero ésta vez sin lograr quitarse a tiempo del paso. La enorme pipa le pasó por encima con todas sus terribles y mortales toneladas; el conductor solo se percató de lo ocurrido unos metros mas adelante ante los gritos de los horrorizados transeúntes que sí se habían dado cuenta del terrible accidente y proferían gritos de espanto y alarma.
Quedó sentado sobre el asfalto, semejante a un muñeco, desarmado, quebrado, totalmente sin vida en medio de un charco de sangre. Su vista hacia el suelo, su franela y su botella de agua tiradas a su lado; sus compañeros corriendo de un lado a otro en una confusión y gritería delirantes.
Nunca olvidaré la terrible escena, sobre todo la posición de total abandono del cuerpo sin vida. Su cabeza vuelta hacia abajo, como mirando el asfalto. Fue como si aún en la muerte siguiera mirando hacia abajo, como se hace cuando se pertenece a las muchas generaciones enteras de gentes que sufren la pobreza y marginación como uno de los muchos daños colaterales de ésta insuficiente sociedad a veces tan cruel e injusta y que se supone debería tratar de no serlo.
No soy quién para poder resolverle los problemas a quien más lo necesita (no soy tánto); pero desde aquella desdichada ocasión en que fui testigo presencial de tan lamentable suceso, cada que soy acometido por uno de estos jóvenes limpiaparabrisas (en coche ajeno, claro está), trato de sacar alguna moneda para pagar su peligrosa y épica labor.
En una ocasión, ante el alto del semáforo situado justo antes de cruzar las vías del tren, un humilde limpiaparabrisas estaba trepado en el frente de una enorme pipa gasera haciendo su cotidiano trabajo. Era un joven regordete y bajito de estatura asido precariamente al incómodo frente del enorme camión. De pronto el semáforo se puso en verde y el pesado camión avanzó; el limpiaparabrisas sintió el movimiento y saltó al suelo como siempre hacía, pero ésta vez sin lograr quitarse a tiempo del paso. La enorme pipa le pasó por encima con todas sus terribles y mortales toneladas; el conductor solo se percató de lo ocurrido unos metros mas adelante ante los gritos de los horrorizados transeúntes que sí se habían dado cuenta del terrible accidente y proferían gritos de espanto y alarma.
Quedó sentado sobre el asfalto, semejante a un muñeco, desarmado, quebrado, totalmente sin vida en medio de un charco de sangre. Su vista hacia el suelo, su franela y su botella de agua tiradas a su lado; sus compañeros corriendo de un lado a otro en una confusión y gritería delirantes.
Nunca olvidaré la terrible escena, sobre todo la posición de total abandono del cuerpo sin vida. Su cabeza vuelta hacia abajo, como mirando el asfalto. Fue como si aún en la muerte siguiera mirando hacia abajo, como se hace cuando se pertenece a las muchas generaciones enteras de gentes que sufren la pobreza y marginación como uno de los muchos daños colaterales de ésta insuficiente sociedad a veces tan cruel e injusta y que se supone debería tratar de no serlo.
No soy quién para poder resolverle los problemas a quien más lo necesita (no soy tánto); pero desde aquella desdichada ocasión en que fui testigo presencial de tan lamentable suceso, cada que soy acometido por uno de estos jóvenes limpiaparabrisas (en coche ajeno, claro está), trato de sacar alguna moneda para pagar su peligrosa y épica labor.
viernes, 3 de diciembre de 2010
Jurassic y aquello de que "el perro es el mejor amigo del hombre"
Por su incuestionable avanzada edad, su crítico y lamentable estado físico, su tendencia a rascarse las innumerables pulgas que lo deben acosar, por sus movimientos lentos y trabajosos y por desconocer su verdadero nombre, decidí llamarlo con el (bien ganado a pulso) nombre de "Jurassic".
Jurassic demuestra a quien sea que el perro es el mejor amigo del hombre. Profundamente convencido de tal sentencia, fui a visitarlo a su lecho de enfermo. Caminé entre la grasa, los hierros y el ruido metálico de la balconería-hospital que le dió alojamiento y ahí estaba el mismo Jurassic de siempre; más hinchado que de costumbre, pero no de comida sino de magulladuras y dolor. Se me quedó viendo con esos ojos amarillos indescifrables y solo pude ofrecerle su acostumbrado trozo de su pan predilecto.
Es seguro que por sus venas circula sangre de la heroica raza "callejero cruzado con de la calle". Es un perrazo de color miel y ojos claros. Suele estar echado al sol por el rumbo del mercado La Purísima y tan solo se levanta para espantarse las ávidas y numerosas moscas chupasangre que insisten en sorberle su ya reducida provisión de vida.
Es una colección de los males y calamidades de la vida en la calle. No parece tener dueño pero quizás a él no le importa. Sabrá Dios que es lo que se lleva al estómago para seguir manteniendo en pie tal cantidad de años.
Es un esqueleto forrado de pellejo; su erosionada piel es una cuantiosa colección de cicatrices de batalla seguramente adquiridas en titánicas luchas con otros perros callejeros. En la jerarquía militar canina fácilmente alcanzaría por méritos de guerra el grado de General de Cuadra.
En una ocasión se me ocurrió comer sentado en una banca mientras él estaba echado al sol cual fósil de dinosaurio recién develado . Al verme se incorporó y se acercó para ver si le tocaba alguna migaja. Su lamentable aspecto y su mansedumbre se ganó mi confianza incitándome a convidarle algo de mi desayuno. Se acostó en una posición muy semejante a la de la esfinge de Egipto por lo cual el primer nombre que se me ocurrió para él fue "Tut Ank Amón". También pensé en "Roñas", "Pulgas" y otros no menos reveladores pero poco tiempo después le cambié definitivamente por el pomposo e ilustre nombre de "Jurassic".
A partir de aquel día, siempre que paso por aquel su asoleadero, él espera paciente su trozo de pan mientras insiste en rechazar los ataques de pulgas y moscas que pululan a su alrededor, siempre con la rascadera lenta y trabajosa de sus años. Como buen escolta, Jurassic incluso llegó a acompañarme hasta la misma puerta de mi casa para luego regresar a sus plenos dominios.
No se crea que es un perro maleducado; Jurassic sabe dar la patita. Basta con que se le ofrezca la mano para que él alce la suya en notable gesto de camaradería.
Jurassic no parece tener los cambios repentinos e impredecibles de humor que padecemos los humanos; siempre es el mismo. No le importa el día, no importa cómo vaya yo vestido aquel día, ni de qué humor yo haya amanecido; siempre dispuesto a dar la patita y obvio, a recibir su pedazo de pan.
Recientemente el reloj biológico de las damiselas de su especie les indicó que era el tiempo de la seducción. Jurassic poseerá años de más pero sigue intacta su debilidad por el probitati feminae de su raza. Recuerdo haberlo visto a altas horas de la madrugada invadido de un repentino y asombroso rejuvenecimiento, y con agilidad envidiable enmedio de una numerosa jauría que se disputaba los amoríos de la damisela perruna.
Pasaron los días y Jurassic no aparecía en su acostumbrado asoleadero matutino. Un día apareció después de los vivencias plenas de emoción; parecieron haberle caído encima todo el peso de sus centurias. Caminaba más trabajosamente que antes, su piel estaba tasajeada con nuevas condecoraciónes al valor y la perseverancia; su ojos revelaban la continua falta de sueño. No obstante en pocos días volvió a ser el mismo dinosauresco perro de siempre.
Hace unos días divisé a Jurassic tirado al sol en las afueras de un taller de balconería. Estaba echado inmóvil en un improvisado colchón y tapado con un sarape. Me extrañó que no se levantara como siempre para pedirme su acostumbrado trozo de pan. Sucede que Jurassic fué víctima de la impaciencia e intolerancia de un taxista quien sin siquiera volver atrás le pasó con auto y todo por encima de las caderas al venerable monumento perruno. A sus chillidos lastimeros el joven empleado de la balconería se compadeció y lo arrastró hasta fuera de la cinta asfaltica para evitarle peor suerte.
Jurassic no podía mover de las piernas para abajo. Se temía que hubiera sufrido fracturas. El benévolo joven asumió cuidarlo; incluso fue llamada una médico veterinaria para revisarle su maltrecho esqueleto. El diagnóstico fué claro: no parece haber sufrido quebradura alguna pero se temían daños internos, y por su avanzada edad nada se podía asegurar; solo le fué suministrado un suero para proporcionarle la energía que no era capaz por el momento de ir a buscar por sí mismo a la calle.
Jurassic demuestra a quien sea que el perro es el mejor amigo del hombre. Profundamente convencido de tal sentencia, fui a visitarlo a su lecho de enfermo. Caminé entre la grasa, los hierros y el ruido metálico de la balconería-hospital que le dió alojamiento y ahí estaba el mismo Jurassic de siempre; más hinchado que de costumbre, pero no de comida sino de magulladuras y dolor. Se me quedó viendo con esos ojos amarillos indescifrables y solo pude ofrecerle su acostumbrado trozo de su pan predilecto.
Él parecía comprender que estaba vitalmente atado a la delgada manguera de suero en su brazo, pues luego de ingerir el bocado siguió echado sin intentar en lo absoluto moverse ni un centímetro para obtener más pan. Lo despedí cual a viejo amigo de múltiples batallas.
"Los verdaderos amigos se conocen en la cárcel y en el hospital" dice el refrán; Jurassic es un perro de la calle que bien se gana el título de "El mejor amigo del hombre" (de quien lo quiera como amigo pues).
Posdata: Lamento hacer saber, una semana después de tales acontecimientos, que "Jurassic" en lo sucesivo ya no está disponible como amigo; ha pasado a mejor vida. No pudo sobreponerse al daño del accidente. Quien lo atropelló nunca supo lo que hizo.
IN MEMORIAN
sábado, 28 de noviembre de 2009
BURRO AL ATAQUE
Un huilde burro puede ser la encarnación misma de la necedad y la estupidez, pero nadie ha reparado en la tremenda peligrosidad de estos animales. No digamos ya de su contundente patada que puede llegar a moler a un humano. estos bicharajos poseen unos enormes dientes y una mordida poderosa que bien podría arrancar un miembro humano sin gran problema. Hace ya muchos años organicé una "expedición" (nos gustaba usar esa elegante y épica palabra) al cerro colorado. Ibamos varios compañeros de la secundaria. Luego de llegar a la cima con tremendos esfuerzos, en plena bajada divisamos en medio de la senda a un burro. No parecía ofrecer riesgo alguno, así que seguimos bajando sin mayor preocupación, sudorosos y cansados bajo el sol del mediodía. Veniamos bajando en fila, yo en la segunda posición, cuando de repente, al estar a unos 4 metros del susodicho borrico vimos con gran sorpresa y espanto que el infeliz animal dejó su aparente calma y bajando la cabeza y abriendo bien su hocico dejando ver sus grandes y espantosos dientes, empezó a avanzar hacia nosotros en franco ataque. Todo ocurrió quizás en uno o dos segundos; paralizados de espanto y sorpresa por un momento nos quedamos inmovilizados mientras el tremendo animal seguía su ataque.
En aquella ocasión yo tuve como por arte de magia un soplo de inspiración, pues sin pensarlo tomé una gran piedra pesada y avanzando pude descargar todo su peso sobre la cabeza del burro, el cual ya alzaba las fauces para morder al primero de la fila en un brazo. La roca asestó en la mitad de la frente del burro en medio de un ruido espantoso a una cortísima distancia. Lo que ocurrió después fue algo que ahora es un recuerdo vago, pues los exploradores volamos por los aires dotados de una fuerza y agilidad inaudita pasando incluso sobre plantas espinosas que se dan mucho por ese cerro. Incluso recuerdo en mi huída haber visto un conejo salir despavorido por los exploradores voladores. pocos segundos después pudimos ver que todos nosotros salimos ilesos del inesperado ataque. Todo fue entonces risas nerviosas y asombradas. El tremendo y oportuno piedrazo en la frente del cuadrúpedo nos salvó de serias lesiones, especialmente a Toño, a quien estuvo a punto de morder. Pudimos ver que el burro tenía una cuerda a su cuello y a lo lejos divisamos a su dueño, el cual miraba atentamente la escena.
Fue entonces cuando desquitamos nuestro coraje y dejamos caer una lluvia de proyectiles sobre el borrico, el cual quizás reconociendo nuestra superioridad táctica optó por dejarse bombardear temeroso quizás de un ataque devastador a la cabeza como el que había sufrido.
Durante todo el camino que nos quedaba transcurrimos hablando del incidente entre risas y festejos de la afortunada defensa. Fue entonces cuando sentí un roce en mi pantalón, en una de mis piernas. Sucede que sin saber como ni cuando, salté sobre un maguey de monte clavándome la punta de una de sus hojas y al quebrarse, quedó incrustada en mi pierna rozando a cada paso la tela del pantalón. No tardé en extraerla cuan grande y filosa era.
La moraleja de esta anécdota puede ser "No hay enemigo tonto"... o mas bien "No hay enemigo burro".
martes, 31 de marzo de 2009

Nunca he cruzado una meta como primer lugar, pero siempre que lo hice, venía otro detrás de mí. Nunca he sabido lo que es un podio de primer lugar, ni de segundo, no de tercero. Jamás he visto mi cuello adornado por alguna medalla de oro,o plata, o bronce. No llego ni siquiera a estar cerca de algún récord mundial. No he llegado ni más alto ni más bajo que muchos; no he tenido despampanantes modelos esperándome con los brazos abiertos y los labios húmedos al final de mi camino... pero soy mi propio campeón; batí cada uno de mis récords, crucé mis metas con los pies alados y flamígeros, oí el rugir enardecido y el aplauso de mis ancestros animándome y profiriendo maldiciones a cada uno de mis pasos; Ícaro que alcanzó la orilla del mar maltrecho y a nado forzado. Soy, en resumen pues, mi propio campeón.
domingo, 22 de marzo de 2009
NO ME CONFUNDAN PLIS
CAIDA SÚBITA
En una ocasión, hace ya mucho tiempo, fuí a correr a un campo cercano, pues me estaba preparando para asistir al año siguiente al servicio militar. En ése entonces no tenía la costumbre de correr ni siquiera en defensa propia. Iba acompañado de mi perro "Chicoché", un animalito amarillo y flacucho que había encontrado abandonado en las cercanías de Coapan. Como yo ya estaba tomando condición física, aceleré mi paso hasta convertirlo en un sprint. Sentía el viento silbando en mis oídos e iba muy satisfecho de mis fuerzas, cuando de repente sentí un ligero golpe en mi pantorrilla izquierda. Casi como una ráfaga pasó el mentado Chicoché rebasándome por la izquierda. Para mi mala fortuna los pies se me enredaron y como en Matrix, caí estroboscópicamente al suelo en medio de una polvadera y un dolor intenso de brazos y muñecas. Cuando pude saber hacia dónde quedaban la tierra y el cielo descubrí al saboteador perro a mi lado y mirándome extrañado quizás por mi súbita e inexplicable parada. Al principio me enojé, pero luego me reí y me admiré de la travesura involuntaria del can.
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