viernes, 3 de diciembre de 2010

Jurassic y aquello de que "el perro es el mejor amigo del hombre"

        Por su incuestionable avanzada edad, su crítico y lamentable estado físico, su tendencia a rascarse las innumerables pulgas que lo deben acosar, por sus movimientos lentos y trabajosos y por desconocer su verdadero nombre, decidí llamarlo con el (bien ganado a pulso) nombre de "Jurassic".
          Es seguro que por sus venas circula sangre de la heroica raza "callejero cruzado con de la calle". Es un perrazo de color miel y ojos claros. Suele estar echado al sol por el rumbo del mercado La Purísima y tan solo se levanta para espantarse las ávidas y numerosas moscas chupasangre que insisten en sorberle su ya reducida provisión de vida.
Es una colección de los males y calamidades de la vida en la calle. No parece tener dueño pero quizás a él no le importa. Sabrá Dios que es lo que se lleva al estómago para seguir manteniendo en pie tal cantidad de años. 
Es un esqueleto forrado de pellejo; su erosionada piel es una cuantiosa colección de cicatrices de batalla seguramente adquiridas en titánicas luchas con otros perros callejeros. En la jerarquía militar canina fácilmente alcanzaría por méritos de guerra el grado de General de Cuadra.
          En una ocasión se me ocurrió comer sentado en una banca mientras él estaba echado al sol cual fósil de dinosaurio recién develado . Al verme se incorporó y se acercó para ver si le tocaba alguna migaja. Su lamentable aspecto y su mansedumbre se ganó mi confianza incitándome a convidarle algo de mi desayuno. Se acostó en una posición muy semejante a la de la esfinge de Egipto por lo cual el primer nombre que se me ocurrió para él fue "Tut Ank Amón". También pensé en "Roñas", "Pulgas" y otros no menos reveladores pero poco tiempo después le cambié definitivamente por el pomposo e ilustre nombre de "Jurassic".
          A partir de aquel día, siempre que paso por aquel su asoleadero, él espera paciente su trozo de pan mientras insiste en rechazar los ataques de pulgas y moscas que pululan a su alrededor, siempre con la rascadera lenta y trabajosa de sus años. Como buen escolta, Jurassic incluso llegó a acompañarme hasta la misma puerta de mi casa para luego regresar a sus plenos dominios.
          No se crea que es un perro maleducado; Jurassic sabe dar la patita. Basta con que se le ofrezca la mano para que él alce la suya en notable gesto de camaradería.
          Jurassic no parece tener los cambios repentinos e impredecibles de humor que padecemos los humanos; siempre es el mismo. No le importa el día, no importa cómo vaya yo vestido aquel día, ni de qué humor yo haya amanecido; siempre dispuesto a dar la patita y obvio, a recibir su pedazo de pan.
          Recientemente el reloj biológico de las damiselas de su especie les indicó que era el tiempo de la seducción. Jurassic poseerá años de más pero sigue intacta su debilidad por el probitati feminae de su raza. Recuerdo haberlo visto a altas horas de la madrugada invadido de un repentino y asombroso rejuvenecimiento, y con agilidad envidiable enmedio de una numerosa jauría que se disputaba los amoríos de la damisela perruna.
          Pasaron los días y Jurassic no aparecía en su acostumbrado asoleadero matutino. Un día apareció después de los vivencias plenas de emoción; parecieron haberle caído encima todo el peso de sus centurias. Caminaba más trabajosamente que antes, su piel estaba tasajeada con nuevas condecoraciónes al valor y la perseverancia; su ojos revelaban la continua falta de sueño. No obstante en pocos días volvió a ser el mismo dinosauresco perro de siempre.
          Hace unos días divisé a Jurassic tirado al sol en las afueras de un taller de balconería. Estaba echado inmóvil en un improvisado colchón y tapado con un sarape. Me extrañó que no se levantara como siempre para pedirme su acostumbrado trozo de pan. Sucede que Jurassic fué víctima de la impaciencia e intolerancia de un taxista quien sin siquiera volver atrás le pasó con auto y todo por encima de las caderas al venerable monumento perruno. A sus chillidos lastimeros el joven empleado de la balconería se compadeció y lo arrastró hasta fuera de la cinta asfaltica para evitarle peor suerte.
Jurassic no podía mover de las piernas para abajo. Se temía que hubiera sufrido fracturas. El benévolo joven asumió cuidarlo; incluso fue llamada una médico veterinaria para revisarle su maltrecho esqueleto. El diagnóstico fué claro: no parece haber sufrido quebradura alguna pero se temían daños internos, y por su avanzada edad nada se podía asegurar; solo le fué suministrado un suero para proporcionarle la energía que no era capaz por el momento de ir a buscar por sí mismo a la calle.



        Jurassic demuestra a quien sea que el perro es el mejor amigo del hombre. Profundamente convencido de tal sentencia, fui a visitarlo a su lecho de enfermo. Caminé entre la grasa, los hierros y el ruido metálico de la balconería-hospital que le dió alojamiento y ahí estaba el mismo Jurassic de siempre; más hinchado que de costumbre, pero no de comida sino de magulladuras y dolor. Se me quedó viendo con esos ojos amarillos indescifrables y solo pude ofrecerle su acostumbrado trozo de su pan predilecto.
Él parecía comprender que estaba vitalmente atado a la delgada manguera de suero en su brazo, pues luego de ingerir el bocado siguió echado sin intentar en lo absoluto moverse ni un centímetro para obtener más pan. Lo despedí cual a viejo amigo de múltiples batallas.
"Los verdaderos amigos se conocen en la cárcel y en el hospital" dice el refrán; Jurassic es un perro de la calle que bien se gana el título de "El mejor amigo del hombre" (de quien lo quiera como amigo pues).



Posdata: Lamento hacer saber, una semana después de tales acontecimientos, que "Jurassic" en lo sucesivo ya no está disponible como amigo; ha pasado a mejor vida. No pudo sobreponerse al daño del accidente. Quien lo atropelló nunca supo lo que hizo.

IN MEMORIAN

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