De no hace mucho tiempo para acá, suele vérseles en la calle Independencia por la zona de la vieja estación de ferrocarril. Son los jóvenes limpiaparabrisas que aprovechan las paradas obligatorias de los semáforos para ofrecer su servicio de limpieza a los automovilistas. Proceden de las colonias y barrios cercanos. Sus vestimentas son humildes, sus rasgos . Llegan a su zona de trabajo equipados con trapos, franelas, agua y jabón. Han aprendido a lidiar con el tráfico de un modo admirable y temerario. En las horas pico el tráfico es francamente intimidante pero ellos se las arreglan para ir y venir entre los carros en busca de una propina que a veces nunca llega o les es dada de mala gana ante su a veces impertinente insistencia.
En una ocasión, ante el alto del semáforo situado justo antes de cruzar las vías del tren, un humilde limpiaparabrisas estaba trepado en el frente de una enorme pipa gasera haciendo su cotidiano trabajo. Era un joven regordete y bajito de estatura asido precariamente al incómodo frente del enorme camión. De pronto el semáforo se puso en verde y el pesado camión avanzó; el limpiaparabrisas sintió el movimiento y saltó al suelo como siempre hacía, pero ésta vez sin lograr quitarse a tiempo del paso. La enorme pipa le pasó por encima con todas sus terribles y mortales toneladas; el conductor solo se percató de lo ocurrido unos metros mas adelante ante los gritos de los horrorizados transeúntes que sí se habían dado cuenta del terrible accidente y proferían gritos de espanto y alarma.
Quedó sentado sobre el asfalto, semejante a un muñeco, desarmado, quebrado, totalmente sin vida en medio de un charco de sangre. Su vista hacia el suelo, su franela y su botella de agua tiradas a su lado; sus compañeros corriendo de un lado a otro en una confusión y gritería delirantes.
Nunca olvidaré la terrible escena, sobre todo la posición de total abandono del cuerpo sin vida. Su cabeza vuelta hacia abajo, como mirando el asfalto. Fue como si aún en la muerte siguiera mirando hacia abajo, como se hace cuando se pertenece a las muchas generaciones enteras de gentes que sufren la pobreza y marginación como uno de los muchos daños colaterales de ésta insuficiente sociedad a veces tan cruel e injusta y que se supone debería tratar de no serlo.
No soy quién para poder resolverle los problemas a quien más lo necesita (no soy tánto); pero desde aquella desdichada ocasión en que fui testigo presencial de tan lamentable suceso, cada que soy acometido por uno de estos jóvenes limpiaparabrisas (en coche ajeno, claro está), trato de sacar alguna moneda para pagar su peligrosa y épica labor.
sábado, 18 de diciembre de 2010
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